Hay momentos en el año cuando el cuerpo y el espíritu exigen, casi a gritos, un freno de mano. Romper la rutina, cargar el auto y salir a la ruta. La idea inicial era simple, pero la experiencia resultó tan, pero tan bella, que finalmente decidí dejar de lado los planes iniciales de descanso pleno para tomar apuntes, capturar imágenes y transformar las vivencias en este artículo.
El periplo comenzó bien tempranito. El pasado Miércoles Santo, 1 de abril, pusimos el despertador a una hora sagrada para los viajeros de ley: las 3 de la mañana. Con el auto cargado, mi esposa, nuestro hijo -el pequeño Alexander, quien se portó como un auténtico campeón durante todo el trayecto-, un matrimonio amigo y este servidor partimos desde Asunción con rumbo a Cafayate, ese entrañable pueblo vitivinícola incrustado en el corazón de Salta.
La ruta nos recibió con sus ya conocidas rectas interminables, pero también nos deparó una cuota de suspenso: una imprevista y violenta tormenta con granizo se desató por la tarde a las afueras de la salta capital y nos obligó a mantener los sentidos en alerta máxima. Por fortuna, el clima nos dio tregua y, tras superar el desafío, logramos arribar a destino a las 19:30 de ese mismo miércoles, exhaustos pero felices.
Para mitigar el cansancio del viaje, esa primera noche optamos por una cena casual en un acogedor rincón frente a la plaza principal de Cafayate. Fue el debut perfecto en la copa: un fresquísimo Nanni Torrontés (un blanco ideal para sacudirse el calor del camino) y un histórico y complejo Arnaldo B Grand Reserve. Con el espíritu reconfortado, nos fuimos a dormir para recuperar fuerzas. Lo que venía iba a ser intenso.
PublicidadEL VALLE RUPESTRE Y LA MAGIA DE LOS DOMINGO. El Jueves Santo arrancó temprano y con honores. Nos encontramos con Osvaldo Domingo, de la Bodega Domingo Molina, quien con gran amabilidad nos subió a su camioneta para llevarnos a visitar sus viñedos en el Valle Rupestre, ubicado a unos 50 kilómetros de la ciudad, un paisaje indómito y majestuoso que quita el aliento. Allí disfrutamos de un bonus: era aún día de vendimia y pudimos observar el infatigable trabajo de quienes se dedican a la cosecha de la vid.
Luego nos dirigimos a la sede de la bodega, donde nos esperaba su hermano, Rafael Domingo, enólogo principal de la casa. Tras mostrarnos las coquetas instalaciones, llegó el momento del disfrute: una cata de altísimo vuelo combinada con quesos de producción propia de la familia que hicieron las delicias de todos (Alexander incluido). A las copas llegaron el muy gastronómico Domingo Molina Mortero Blend de Blancas, un seductor Domingo Molina Merlot, el equilibrado Cuestión de Tiempo Red Blend y un soberbio Leonor Molina Cabernet Sauvignon. Una mañana perfectamente perfecta.
PublicidadASADO BODEGUERO. Sin tiempo que perder, la logística nos condujo directos a un clásico asado bodeguero en Bodega El Porvenir de Cafayate. Allí, además del imponente almuerzo, nos agasajaron con dos joyas de cortesía: Laborum Single Vineyard Torrontés y un fascinante Laborum de Parcela Petit Verdot, un tinto con una estructura y personalidad que enamoran.
Más tarde, la marcha continuó hacia Bodega El Esteco. Primeramente recorrimos todas las áreas de producción. Y luego, al momento de la cata, entre las impecables líneas de su portafolio, el hito de la tarde se lo llevó El Esteco Estate Bottled Malbec, un vino redondo, sensual y muy frutal. Cerramos esa memorable jornada cenando tapas de autor en Bad Brothers, un sitio que se especializa en conceptos y del cual ya hablé en detalle en una crónica anterior.
PublicidadTRADICIÓN Y ALTA GASTRONOMÍA. El Viernes Santo decidimos darnos un pequeño respiro y arrancar un poco más tarde, a las 11:30. El destino era un peso pesado de la región: San Pedro de Yacochuya. Allí, los hermanos Pablo y Marcos Etchart nos deleitaron con un almuerzo típico, maravilloso, regado por una batería de etiquetas que son un poema para el paladar: arrancamos con la frescura de San Pedro de Yacochuya Torrontés y el vivaz Coquena Malbec Rosé, para luego subir la apuesta con Coquena Red Blend, el imponente San Pedro de Yacochuya y el icónico Yacochuya, un tinto indomable y complejo de los que dan ganas de beber y beber.
Teníamos ganas de una larga sobremesa. Pero la tiranía del tiempo nos obligó a volver a El Porvenir de Cafayate para saldar la visita técnica que nos había quedado pendiente el día anterior. Nuevamente, la calidez de su gente nos sorprendió con buenísimas cortesías al momento de la cata, consolidando a esta bodega como un aliado perfecto de nuestra estadía.
MUY ALTA GASTRONOMÍA. El broche de oro del viaje tuvo lugar en el restaurante Pacha, definitivamente un sitio imperdible y de visita obligatoria para cualquier explorador gastronómico que pise Cafayate. La cocina es de un nivel superlativo y el maridaje estuvo a la altura de las circunstancias: un elegantísimo Francisco Puga y Familia Corte de Blancas y el indómito Colomé El Arenal Single Vineyard Malbec, un vino de altura con taninos firmes y un final poéticamente largo que nos dejó sin palabras.
EL REGRESO: SUSPENSO DE CUATRO PATAS. Todo lo bueno termina, y en mañana del sábado nos encontró desandando el camino de regreso tras un delicioso desayuno en la pastelería Flor del Valle.
Si a la ida el bautismo fue de granizo, el tramo final nos reservaba el verdadero clímax dramático del viaje. Avanzábamos por las interminables y oscuras rectas de la provincia de Formosa ya siendo sábado de noche cuando, de la absoluta nada y recortada por los faros del auto, apareció ella: una imponente vaca plantada en el mismísimo medio del asfalto, estática, mirándonos con la parsimonia de quien es dueño de la ruta.
El frenazo fue seco, de esos que te reacomodan las vértebras y hacen que las botellas de Malbec que traíamos en el baúl tintineen en un coro de terror. El silencio en el habitáculo duró cinco segundos eternos, rotos únicamente por el latido desbocado de nuestros corazones. La miramos, nos miró, sopesó sus opciones y, con una lentitud exasperante, decidió que nuestro parachoques no combinaba con su pelaje y caminó hacia la banquina. Superado el susto soltamos una carcajada generalizada de puro alivio. Un milagro formoseño.
Finalmente, tocamos suelo asunceno exactamente a las 3 de la mañana del domingo 5 de abril. Llegamos cansados, con las pulsaciones recién normalizadas, pero con el corazón contento y las valijas llenas de grandes historias y muchas botellas que atestiguaron nuestro paso por la maravillosa tierra norteña del vino argentino.
La promesa quedó sellada bajo el cielo salteño: volveré una y otra vez.
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