Por Alejandro Sciscioli

El calendario de un comunicador del vino suele estar marcado por hitos ineludibles, pero pocos despiertan tanto entusiasmo colectivo como el mes de abril. Es el momento exacto en el cual se rinde homenaje a la cepa que redefinió el mapa vitivinícola de la región. Sí, me refiero al Malbec. En medio de ese torbellino de copas y brindis, tuve el inmenso privilegio de recibir un envío sumamente especial: una botella de Catena Zapata Malbec Argentino, cosecha 2022.

La sola presencia de su icónica etiqueta (esa magnífica ilustración que narra la épica travesía del Malbec desde su nacimiento en Francia, pasando por la plaga de la filoxera, continuando po la gesta de la inmigración en Argentina, hasta su majestuoso renacimiento en las alturas andinas) ya anticipaba que no estábamos ante un descorche ordinario. Sabía que debía buscar el momento adecuado, un espacio de calma donde la tiranía de la rutina diaria quedara suspendida, para otorgarle a este tesoro la atención necesaria.

La botella llegó en formato de 375 ml, el contenido exacto para que el análisis sea una radiografía íntima y que cada gota cuente su historia.

PublicidadDOS TERRUÑOS HISTÓRICOS. Antes de arrimar el sacacorchos, siempre intento repasar la radiografía técnica del vino para comprender qué hay detrás del trabajo de sus hacedores, liderados en esta oportunidad por la visión del cada vez más célebre Alejandro Vigil. El Malbec Argentino es una equilibrada comunión de dos viñedos históricos de la familia Catena en Mendoza: el Viñedo Angélica, ubicado en el distrito de Lunlunta (departamento de Maipú), con cepas viejas casi centenarias plantadas a unos 920 metros de altitud; y el Viñedo Nicasia, en el distrito de La Consulta (departamento de San Carlos, Valle de Uco), situado a casi 1.100 metros de altura.

Esta combinación de la madurez frutal de las zonas tradicionales bajas con la frescura, mineralidad y tensión de la altura da vida a un varietal 100% Malbec que pasa entre 15 y 18 meses de crianza en barricas de roble francés. 

PublicidadDANZA DE SENSACIONES. Para el instante de la cata, decidí servir el vino con la temperatura de la conservadora de vinos, es decir perfectos 16 grados. A la vista, lo primero que impacta es su opulencia visual: destaca un rojo púrpura profundo, casi negro, con lágrimas densas que tintan el cristal.

En la nariz, la intensidad aromática es alta y seductora. Despliega un abanico donde sobresalen las frutas rojas y negras (arándanos, ciruelas frescas, moras negras y frutilla), más delicadas notas florales (violetas y un toque de lavanda). Con la agitación y el paso de los minutos, asoman sutiles notas de chocolate amargo, pimienta blanca, recuerdos terrosos y una pincelada de vainilla fina perfectamente integrada que denota la elegancia de su paso por madera. Una nariz compleja, profunda y sumamente seductora.

PublicidadAl llevarlo al paladar, se comprende el por qué de los elogios internacionales. Es seco, de acidez muy refrescante y taninos presentes pero elegantes y sedosos. Repite en boca lo percibido en nariz, con mucha presencia de fruta negra. El final es largo, casi interminable, dejando algunas notas a té negro y las ganas de emprender otro sorbo.

Sin dudas, una botella que hace honor a su nombre y que nos invita a mantener los pies sobre la tierra mientras disfrutamos del cielo en la copa. 

¿La comida elegida para acompañar el instante? Lasaña casera con salsa boloñesa y abundante queso tipo reggianito. Nada podía salir mal con esa armonización.

Solo quedaba una un detalle: levantar la copa y brindar a la salud de la cepa insignia argentina. ¡Salud!
Publicidad