Era noche de otoño, con lluvia obligada. Fíjate en la lluvia de verano, lector, mira como cae. Digo que cae con ganas, como si tuviera voluntad propia para caer y muchas veces para inundarnos. No ocurre lo mismo con las aguas del otoño o del invierno. Dan la impresión de caer porque les obliga el calendario. Bajan del cielo mezcladas al viento y al frío, se presentan al paisaje como parte necesaria de una comparsa. Por este y otros motivos digo que me gusta la espontaneidad del calor, el trato franco del calor.

Salíamos de Delicias Japonesas, sobre Mariscal López, en la parte que ya corresponde a Fernando de la Mora. El lugar sirve platos chinos y japoneses en mesas que se llenan temprano con una clientela variada. M.C. y yo no teníamos intención de quedarnos. Queríamos comprar algo, volver a casa. Por la tarde habíamos planeado reunirnos con amigos, conversar, oír música. Sin embargo, pequeñas tragedias que involucraron a parejas cercanas, frustraron el encuentro. M.C. y yo mantuvimos la disposición combinada.

Pedimos sushi California, sushi tradicional con salmón, Yasai Itame, que son verduras salteadas y pastelitos primavera. Variedades de dos mundos para una noche desconocida.

Probé de todo para contarte. Los pastelitos primavera estaban bien armados, realizados con cariño. Les faltaba la alegría de la primavera que llevan en el nombre. Es como si estuvieran intimidados por el clima frío y hostil que soplaba del otro lado de las ventanas de M.C. Se oía el viento que rugía intermitente y esto habrá asustado a los pastelitos. M.C. estaba encantada con el sushi. Yo la miraba y podía ver que se dejaba estar en sensaciones distintas. Por momentos la perdía a mi amiga, ella se alejaba, penetraba en un mundo desconocido. Después, abría los ojos, reía, quería decirme que se encontraba a mi lado, separada por cuentos de algas profundas, por relatos de un salmón locuaz con muchos viajes. El sushi la mantenía en vilo.

Las verduras salteadas formaban un conjunto alegre y de gran virtuosismo. Cada legumbre tenía voz propia, cada una cantaba afinada en el coral.

No sé qué música oímos lector que te fijas en estos detalles. Como te dije, era intención nuestra hacerlo mientras conversábamos y comíamos. Creo que hablamos de los amigos que no estaban, de los sinsabores que enfrentaban. Habremos hablado del inverno y de sus garras. Y si no recuerdo los detalles circunstanciales de la noche es por algo que me dijo M.C. 

¿Sabes qué me dijo? Que no se debe recordar mucho para vivir con intensidad. Lector: de la noche del sábado, por la amiga que tengo, guardo en la memoria lo esencial, por deber de oficio contador. Nada más.



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